Articulo: Psicoanalisis y el hospital

17 DE JUNIO DE 2010 | LA ADOLESCENCIA HOY

La adicción virtual

Como psicoanalistas nos enfrentamos a un moderno desafío. Ha comenzado a ser causa de consulta una suerte de adicción virtual que encierra a los jóvenes frente a las computadoras, distorsionando, en el discurso corriente, los rangos de normalidad de las generaciones precedentes en cuanto al lazo social.

Por Daniel Paola
Enviar por mailImprimir

La llamada “adicción a Internet”, no figura como diagnóstico en el DSM IV ya que, de acuerdo a sus parámetros, siempre se precisa una sustancia química para definir una adicción. Sin embargo, se podría asociar esta “adicción” con un trastorno compulsivo que oculta un comportamiento depresivo y hostil frente a lo social.
Para el psicoanalista, la adicción se define en otros términos.

El adicto, toxicómano o no, presenta cuestiones particulares en el discurso. Supongo una definición de discurso siguiendo la lógica propuesta por Lacan, como el propio decir de una verdad que encierra un plus frente a un semejante, referido a otra posición de saber.
Respecto al discurso, el adicto presenta una sustitución del plus de la verdad en la sustancia que le otorga un saber. Esa sustancia bien podría estar excluida y ser reemplazada por la computadora, que se ubica en la posición del líder que seduce a la masa. Ese saber, otorgado por el sustituto de la sustancia, es excluyente de todo partenaire que no declare una identidad de percepción vivencial. Es por esto que, terapias grupales, que tienen por referente a líderes que transitaron por idénticos trastornos, en ciertos círculos de adictos, son los únicos que podrían tener palabra autorizada en el tiempo en que se plantea una abstinencia.
A diferencia del toxicómano que sí podría tener una conducta social, el adicto virtual realiza su lazo fundamentalmente a través de los juegos en red, y es imposible que detecte por sí mismo algún tipo de inconveniente en su proceder, ya que no hay sustancia prohibida ni ley que lo juzgue.
Tal vez los efectos generados en la escolaridad sean los más llamativos para los padres, que entonces comienzan a tomar conciencia de un supuesto problema. El psicoanalista en la consulta se encuentra habitualmente con un inocente, o mejor dicho, con una mente virginal, que ni sueña con dejar su adorado entretenimiento. La abstinencia entonces es el primer obstáculo por la angustia súbita del elemento que se juzga imprescindible al generar una falta que borra esa inocencia inefable.
Por su parte, los padres creen que la suspensión del juego es una tarea inmediata que se resuelve con prohibiciones al joven, entre las que se cuentan, por ejemplo, cortes de luz o impedimentos en el uso de la computadora. De la misma manera, cualquier familiar de un paciente psicótico cree que el analista tiene el poder de prohibir el delirio. Es común entre familiares de pacientes psicóticos la disconformidad con el psicoanalista que no plantea la falsedad de los argumentos delirantes o alucinatorios, en una suposición mágica como la que se otorga al encantador de serpientes o al que sopla y hace botellas.
Plantear que no habría que prohibir el uso de la computadora es el primer paso para lograr que el adicto virtual finalmente pueda entrar en discurso, en tanto su juego determina un goce. Para definir goce, me parece una buena manera plantearlo como un soporte mental de actos destinados a producir su propio fracaso. Porque no habría goce que, a fin de cuentas, no tienda a su extinción en la medida que cualquier actividad humana tiene un tope a la satisfacción con la que se puede alimentar. La mentalidad neurótica está basada en el goce del síntoma, porque el síntoma supuestamente garantiza la imposibilidad de su fracaso.
Supongamos ahora una adicción cualquiera, por ejemplo un postre, y decidimos degustarlo por siempre. En un primer tiempo la satisfacción va a ser obvia. En un segundo tiempo, la satisfacción pertenece a la elección, ya que siendo el postre que más nos apetece, pasa a ser el significante que lo representa en tanto goce. En un tercer tiempo, después de una suerte de declaración de impotencia, ese goce fracasa porque produce rechazo. En este último tiempo ya nos encontramos en contacto con la punta de lo real, ya que el individuo tiende a preguntarse qué sentido tiene estar enfrascado en algo que le provoca aversión. En el trato de la aversión se encuentra la posibilidad de un nuevo sentido a través de una identificación rechazada.
No habría diferencia en la adicción virtual con el trato en discurso que el analista hace con el síntoma, aunque lo inefable de una posición vivencial no permita una definida relación a un partenaire y, por lo tanto, a una sustitución significante metafórica. Mientras no haya discurso estamos en tiempos preliminares, pero no por ello tendría por qué haber renuncia de iniciar una escucha que, tarde o temprano, impondrá las consecuencias de una culpabilidad por el acto en cuestión.
Estos tiempos habrá que saberlos esperar en el contacto con el adicto virtual, y no se podrían producir si los padres del joven o la joven, no acuerdan con la necesaria imposibilidad de una abstinencia al juego virtual que consume la vida de sus hijos. Esto implica dos hechos: el primero es hacer de contención a la hostilidad de los padres que esperan eficiencia y rapidez; el segundo es disponer de una ubicación teórica del momento en el que se encuentra quien se satisface o ya goza del juego. Habrá que dilucidar un enigma para, por fin, crear el vacío necesario en el sujeto, al crear un corte primero entre verdad y palabra ofrecida al analista.
El Estadio del espejo de Lacan, y su posterior desarrollo en el Seminario de La angustia, es un apropiado lugar para comenzar a considerar el problema. Si llamamos i(a) a la imagen real que el infans retiene en el sentido que va dar existencia a su cuerpo, de acuerdo a la imagen virtual i’(a) que es producto de lo que se sabe reflejo en el espejo, no por ello esta oposición se termina de una vez y para siempre en los primeros meses de vida. (J. Lacan. Seminario La angustia. Clases 1,2 y 3. Editorial Paidós.) (J. Lacan. El Estadio del Espejo como formador de la función del Yo (Je) tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica. Escritos I. Editorial Siglo XXI.)
Que el infans tome de su imagen virtual i’(a) la posibilidad de la unidad que va a dar sentido a su cuerpo, no por ello habría que desconocer que sin el asentimiento, tal cual propusiera Lacan, de un partenaire que lo sostenga, no habría eficacia posible para la dimensión del Otro como campo del significante.
El infans, por lo tanto, no sólo observa la duplicidad de la imagen en tanto se ve y, al mismo tiempo, se registra en el espejo como imagen virtual, sino que también ve la impronta del partenaire reflejada, estableciendo una identidad con él en la imagen conjunta que habita el espejo. Esa identidad virtual es causa de júbilo por la vía del absurdo, porque tanto uno como otro, infans y adulto, se encuentran en la misma dimensión virtual que los une.
Sin esa dimensión virtual que une al infans con el partenaire adulto en la imagen, no se podría pensar en el falo como aquello que está por fuera de la imagen, en tanto la dimensión virtual los proyecta unidos en el plano del espejo. Y el júbilo es júbilo de la transmisión incipiente de ese falo ya existente por anticipado, en el partenaire que ha preparado toda la escena o que se sorprende por haberla hecho posible.
Como resultado de esta primera unidad, resulta su imposibilidad de hecho porque no habrá sino por siempre dos en el lugar del uno, imagen real i(a) e imagen virtual i’(a) . Esta duplicidad constituye el margen de un Imaginario reducido a la circunstancia de un cuerpo que en el Otro toma su dimensión simbólica en el goce que esa reducción provoca. Reducción, por otra parte, que está determinada por lo que no se ve como escotoma, de lo que resulta la dimensión del falo conteniendo entonces el signo menos de lo que no habita el ser en tanto imagen.
La reducción es del significante, en cuanto es imposible asignarle una significación si, de entrada, no hay Uno teleológico para la mentalidad, como sí existe en la filosofía respecto del ente. Esa reducción es el goce que encierra al pensamiento, resignado a soportar límites por contradecir el Ideal del Yo que tiende a la suposición de la inocencia del acto.
Quienes se presentan con una adicción virtual a la consulta de un psicoanalista, podrían ser considerados con alguna alteración de este estadio del espejo. La vigencia de ese estadio es de circulación permanente en hechos de lo real de la vida de cualquier ser hablante. Pero supongamos que ha habido una detención permanente en ese momento de júbilo, y llamemos a eso adolescencia virtual.
Una viñeta clínica podría iniciar la respuesta. Un joven de 18 años consultó, previa entrevista de su madre con el analista, debido a esta descripción pseudo-adictiva que he propuesto en este escrito. Jugaba todo el día un videojuego denominado DotA, sin discriminar horarios, por completo tomado en campeonatos que, por ser internacionales, producían efectos en el sueño y generaban además diversos desórdenes. Había abandonado el colegio y siempre pedía favores. En esta oportunidad había enviado a su madre como avanzada, para saber si era confiable el analista. Esto, desde mi opinión, equivalía a saber si habría prohibiciones. Con lo cual, lo primero que le hice saber a través de ella es que no las habría de ningún tipo.
Su padre había muerto hacía poco tiempo y de eso habló cuando vino a consulta. Lo amaba profundamente. Lo veía poco porque estaba separado de su madre. Pero del duelo no había nada. Su retardo virtual impedía cualquier conexión que no fuera el juego DotA, que continuaba al extremo de no haber concurrido al sepelio. El detenimiento en cierta virtualidad es la pieza clave para orientar cualquier análisis, sólo que, en este caso, el duelo que no podía producirse era más impactante que otros.
Propongo volver ahora a ese instante de júbilo, en el que el infans se encontró del otro lado del hecho de lo real que los sostiene frente al espejo. Ese otro lado virtual en tanto es imagen, permite una suposición de unidad en una escena en la que hay conexión de uno a otro, en este caso infans y adulto, conexión virtual libre de efectos de ese real que se presenta en el cuerpo que aún no se mueve, como se moverá en un futuro. Esa conexión permite entonces la suposición de enlace entre ambos en una inter-subjetividad fantástica, que retornará como siniestra dada su falsedad real.
La imagen real siempre ofrecerá la inevitable oferta del campo de lo verdadero, cuya significancia excluye cualquier tentáculo de uno a otro. Si no hay corte entre imagen real e imagen virtual, el campo de lo simbólico tiende a un permanente pasaje al acto, que mantiene al individuo lejos de la creencia salvadora de una suposición de saber limitada a los vericuetos del lenguaje en su dimensión inconsciente. Esto querrá decir que no hay inter-subjetividad posible en la realidad psíquica, a no ser que haya un estancamiento por la ineficacia de un corte que arrastra la imagen real a la ilusión efectiva de esa virtualidad.
La virtualidad del día de hoy parece haber excluido a los líderes. Al menos esta adicción virtual a los juegos y a Internet, propone un campo de concentración placentero por la comodidad de la propia casa o del cyber espacio. Con esto pretendo proponer que la virtualidad otorga un liderazgo desplazado hacía la primacía del objeto que ha instaurado la ciencia, y que ya hace soñar a muchos con todo tipo de robots.
En el film “Sleeper” de Woody Allen del año 1968, el protagonista es despertado en un futuro lejano pleno de una vida robotizada, luego de la crioconservación de su cuerpo. Cuando le explican la cantidad de hechos que los robots sirvientes realizan, el “sleeper” pregunta si se podría tener sexo con las mujeres robots, frotándose las manos con la intensidad propia de un festín autoerótico. El mundo virtual de las computadoras encierra una variable del autoerotismo, siempre en búsqueda de la originalidad que sostenga la diferencia con las generaciones que precedieron.
La adicción virtual, entonces, no es más que la reedición de un lazo inter-subjetivo reemplazando con el Uno virtual la univocidad del líder, descripto como Ideal de Yo por Freud en Psicología de las masas. El objeto de la ciencia está en signo positivo, gadget como escribió Lacan en La Tercera. La cuestión es que ese objeto no puede existir si concebimos la existencia del fantasma. El efecto, del lado del sujeto, es de permanente caída en un pasaje al acto si el objeto aún no ha sido negativizado. La adicción implica un permanente pasaje al acto que debe ser tolerado por la difícil soledad del sujeto, por siempre determinado en el campo del lenguaje. La adicción es rebeldía necesaria para evitar ciertos momentos de estrago. (S. Freud. Obras completas. Psicología de las masas y análisis del Yo. Editorial Ballesteros. Biblioteca Nueva.) (J. Lacan. La Tercera. Intervenciones y Textos II. Editorial Manantial.)
La dirección de la cura podría entonces orientarse tomando en cuenta la coagulación de un instante virtual que encierra al sujeto frente a la fascinación del Ideal de Yo. Una primera ilusión inter-subjetiva es a la larga destituida, dando lugar al síntoma. Si existe la chance de su producción, se termina adoptando el síntoma que se piensa infalible por eterno.
¿Cuál es la demanda que encierra un sujeto atrapado en el juego virtual? En principio se desconoce. Para cada quien habrá alguna demanda que podrá formularse en el curso de un análisis. Y los síntomas que se generen a través de su encuentro serán variados, de acuerdo a las identificaciones edípicas que podrán desarrollarse.
Pero sí se puede apreciar, si es que existe la posibilidad de continuar con el juego y el psicoanalista no es ganado por el prejuicio, aparece un interesante efecto ligado al síntoma. Cada dificultad, cada obstáculo en el juego que es preciso dominar con la insistencia de un proceder, refiere una superación del que juega ligada a la obtención de una satisfacción, tal cual el sentido alimenta el síntoma en el discurso. Ahora bien, sucede que, de tanto jugarse, consigue un efecto: con la persistencia desaparece la obtención de satisfacción, porque se logra superar cada uno de los obstáculos.
Más allá que pueda cambiarse el juego, llega un momento en el que, a diferencia de aquél que se hace por dinero, la satisfacción desaparece y surge una especie de impotencia frente al tiempo perdido. Es decir, el que agota su goce en la incorporación de satisfacción se encuentra con lo real a secas que produce aversión, de manera equivalente como el síntoma se impone en el discurso: concreto y con la necesidad de ir en contra de ello.
Los personajes fantásticos que se crean en el juego, no son, por otra parte, más que los mismos que la fantasía desarrolla detrás de los líderes de masas, hasta que se pierden en la irrealidad que propone la virtualidad frente a la vida. No habrá que esperar entonces sino hasta que se agote el efecto de una satisfacción que, tarde o temprano fracasa mejor, si el que juega puede analizar el por qué de su exagerada dependencia al líder que su personaje fantástico encierra.
Pasar de la irrealidad virtual inter-subjetiva a aceptar que lo inter-subjetivo no existe en los hechos reales, hace pasar al que juega por un esbozo de su libido objetal. Nada más ni nada menos que lo pulsional escópico es lo que se detiene en el juego virtual, ya que se cree ver todo para superar los obstáculos y no se piensa en el tiempo que pasa y en el cuerpo que envejece. Es un escotoma que no se ve, porque el juego tiene el límite mismo de su finitud cuando se conocen todos los secretos.
Habrá que lograr salir de las computadoras, si es que podemos esperar algo de un futuro sin campo de concentración, aunque ese campo sea cada vez menos peligroso para la vida ya que, como juego, no tendría por qué matar a nadie, salvo alguna excepción que pretenda instaurar un récord de permanencia.


Daniel Paola Psicoanalista. Presidente de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.

Articulo publicado en Psicoanálisis y el hospital Nº 37: La adolescencia hoy. Buenos Aires, Junio 2010