Entrevista: Psicoanálisis y el hospital

11 DE JULIO DE 2009 | PSICOANÁLISIS Y EL HOSPITAL Nº 35

Editorial: Los psicoanalistas ante las TCC

Los tres últimos números de Psicoanálisis y el Hospital conforman, en la ya relativamente larga serie de nuestra publicación semestral, una inhabitual trilogía. El Nº 33 dedicado al tema de las neurociencias, el Nº 34 al del DSM IV, y el actual al de las denominadas terapias cognitivo-conductuales, dan testimonio de un interés y una preocupación comunes.

Por Mario Pujó
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Los números anteriores de la revista nos reenvían a lo que podemos caracterizar como constituyendo el modo en que el estado presente de nuestra civilización, se dirige al padecimiento psíquico y se propone remediarlo.

Por cierto, hay una estrecha vinculación entre la clasificación de los trastornos mentales confeccionada por la Asociación Americana de Psiquiatría a partir de 1980 (DSM-III), con sus sucesivas y permanentes revisiones, por una parte, lo que se agrupa un poco confusa y arbitrariamente bajo la apelación de «neurociencias» por otra, y lo que se designa también en forma conjunta y con bastante imprecisión con el término de terapias cognitivo-conductuales (TCC). De hecho, el ordenamiento de lo que sin establecer su definición ni especificar su causalidad se nombra como «trastornos», sirve de esqueleto y de marco de referencia a lo que se estudia y se investiga en nombre de la neurobiología en el plano clínico, así como en los procedimientos de intervención reeducativa y de condicionamiento propios de los tratamientos cognitivos-conductuales.
Se produce entonces una rara conjunción. Una serie de disciplinas de orden diverso, apoyadas en los avances de la tecnología de la imagen y el sonido, así como en la elucidación de algunos mecanismos de la neurofisiología cerebral, se adicionan a diferentes procedimientos de entrenamiento y sugestión, que prometen corregir imprecisas entidades patológicas en continua reformulación clasificatoria, para avanzar como un bloque en el territorio de la salud mental.
Pero como las neurociencias albergan disciplinas de distinto rango y estatuto, y el cognitivismo reúne en un solo término prácticas de diferente concepción, implementación y validez, y los imprecisos trastornos a los que se aplican son redefinidos y reagrupados en forma periódica pero permanente, la supuesta articulación del conjunto sólo demuestra converger en una acción que merece, a justo título, ser calificada de francamente política.
Hay enormes intereses económicos en juego. En primer lugar, los de los laboratorios, que encuentran en el consumo de psicotrópicos un segmento de mercado cada vez más extenso y rentable. En segundo lugar, los de los sistemas de seguridad social y de salud, tanto estatales como privados, que procuran tratamientos breves cuyo bajo costo facilitaría una pretendida planificación más eficiente de sus recursos. La eclosión de las neurociencias y de las terapias cognitivas es efectivamente contemporánea no sólo de la mundialización de la economía, sino también de la veloz desaparición del llamado Estado de bienestar que le es concomitante. Y emerge como una franca expresión, en nuestro campo, de la lógica de costo beneficio que rige los intercambios a escala global.
¿Pero podría acaso calificarse de psicoterapia (Seelenbehandlung, escribe Freud, tratamiento del alma), un conjunto de procedimientos de adoctrinamiento, entrenamiento, condicionamiento, “psicoaprendizaje”, que le dicen al consultante lo que debe pensar o dejar de pensar, lo que debe hacer o dejar de hacer, lo que es mejor para su bien, que, al fin de cuentas, sería el mismo para todos? La demanda del que sufre es entonces reducida y nominada como una distorsión, un error cognitivo, la expresión de un desvío del comportamiento esperable, al que debe ser reconducido por el medio más rápido y menos oneroso. Nada queda entonces de esa alma que Freud invoca, cuando el animal representa el modelo y la máquina informática se instituye como su ideal.
Se pretende ofrecer así al malestar universal de la civilización, una solución acorde a la medida de su universalidad.
En el imperio de esa razón instrumental que entifica la existencia humana –un objeto más en el reino de los objetos medibles, evaluables, cuantificables–, el discurso del psicoanalista, descalificado, difamado, injuriado, denostado hasta la exacerbación, deviene entonces un pequeño pero poderoso enclave de resistencia.
Podrán leerse en los artículos reunidos en el presente volumen, algunos desarrollos más precisos y variados de estas ideas, ordenados según dos apartados que nos introducen, al mismo tiempo, a ellas: Gobernar, educar, domesticar y La clínica como experiencia.
Los temas de convocatoria de los dos próximos números intentan proseguir esta misma articulación, por la que el psicoanálisis, como clínica del sujeto, está también comprometido necesariamente en una clínica de la cultura. Nº 36: “Depresión y ciclotimia de masas” (¿No es considerada la depresión una verdadera catástrofe en el plano de la productividad mundial?). Nº 37: “La adolescencia hoy” (¿No constituye desde siempre la adolescencia su hoy?). Hasta entonces.

Más información:
Psicoanalisis y el Hospital
Año 18 – Nº 35
Junio de 2009

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