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3 DE NOVIEMBRE DE 2016 | FUNES, EL MEMORIOSO

¿Por qué olvidamos?

El tema de la fijación de los recuerdos, como así también la desaparición de muchos de ellos por razones que no se deban a enfermedades es muy investigado por las neurociencias e incluso genera diferencias conceptuales.

Por Néstor Braidot
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Para algunos, y siempre en el caso de personas sanas, el olvido es un proceso durante el cual los recuerdos van desapareciendo con el tiempo como consecuencia de la muerte neuronal o de la desintegración de determinados neurocircuitos porque han dejado de utilizarse, tal como ocurre con los contenidos de algunas materias que nunca hemos vuelto a releer.

Para otros, los recuerdos son permanentes y lo que en realidad perdemos es capacidad de recuperarlos. En cualquier caso, el sentido común nos dice que si recordáramos todo lo que vivimos, minuto a minuto, segundo a segundo, día por día, el cerebro llevaría una carga imposible de soportar.

Para comprender este tema, nada mejor que el maravilloso cuento del escritor Jorge Luis Borges, “Funes el memorioso”.
Funes es un personaje de ficción con una memoria extraordinaria.
Los siguientes, son párrafos seleccionados por su enorme aplicación al tema:

“Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez.

[...] A veces no podía pensar porque su cerebro estaba ocupado en recordar todo.

[...] Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero”.

Esta fantástica creación nos permite comprender por qué es imposible recordar todo: si fuera así, el peso de la memoria se convertiría en un verdadero tormento.

A nivel consciente, todo indica que olvidamos la mayor parte de las cosas que vivimos y aprendemos y que, para que determinados recuerdos persistan, tenemos que utilizarlos una y otra vez. En ese sentido, el cerebro es inteligente: deshecha lo que considera inútil para nuestras vidas y guarda lo que sí tiene valor.

Con respecto al sistema de largo plazo, el estilo o las circunstancias de la vida tienen una gran influencia. Por ejemplo, han sido estudiados muchos casos en los que el estrés agudo inhibe la actividad del hipocampo (básicamente por un exceso de cortisol). Uno de los más interesantes ha sido el de los soldados que han estado en el frente y volvieron con dificultades de memoria.
En situaciones no tan intensas, el estrés puede afectar parcialmente esta estructura, con lo cual los recuerdos pueden formarse de manera fragmentada y desencadenar un fenómeno que se conoce como “relleno de lagunas mentales”, dando lugar a recuerdos que no son una copia fiel de lo ocurrido sino una reconstrucción de la realidad realizada por el cerebro.

Otra razón por la cual retenemos algunas cosas y olvidamos otras es que la memoria es selectiva: prácticamente todas las personas recuerdan aquello en lo que han focalizado su atención o es relevante para sus vidas, y descartan el resto (hablamos aquí del plano consciente, ya que gran parte de la información ingresa y permanece en las profundidades del cerebro en forma no consciente).

Asimismo, los hechos que tienen un gran componente emocional seguramente pasarán al sistema de largo plazo mientras que la información que no es importante se puede perder en un día o dos. Por ejemplo, un ciudadano japonés que resida en España retendrá (probablemente para siempre) las imágenes que ha visto por televisión sobre el impresionante terremoto de 2011, mientras que el rostro de la recepcionista que lo recibió en la embajada se borrará en un tiempo muy breve si no vuelve a verla.

Con respecto a los recuerdos de momentos y hechos que no nos marcan emocionalmente, su persistencia depende de la consolidación, que se produce cuando un patrón de información se repite con frecuencia (ya sea durante el aprendizaje o ante sucesos que favorecen su codificación). Por ejemplo, si tú cambias de empleo, cada vez que llegues a tu nuevo lugar de trabajo las conexiones sinápticas que se han formado cuando conociste la fachada del edificio y el rostro de la gente que trabaja contigo se irán reforzando.

A la inversa, cuando no se repiten estímulos similares, como los relacionados con el medio ambiente de tu trabajo anterior, parte de la información se irá perdiendo y, con el correr del tiempo, te costará recordar los rostros y los nombres de las personas con las que interactuabas cotidianamente (excepto aquellas que hayas seguido viendo).

Esto permite comprender, por ejemplo, por qué a los 18 años la mayor parte de los estudiantes saben de memoria los nombres de los países de África, sus ríos y sus capitales, y a los 40 sólo recuerdan algunos (excepto los que han optado por carreras relacionadas con Historia, Geografía o Turismo, entre otras).
En cuanto al curso temporal, ha sido constatado por varias investigaciones que los recuerdos más antiguos son los menos vulnerables al olvido. Por ejemplo, cuando los pacientes afectados por amnesia anterógrada (es decir, quienes pierden la capacidad de formar recuerdos nuevos) observan fotografías de personas populares, como deportistas, actores o cantantes, por lo general reconocen mejor a quienes estuvieron entre los mejores o los más famosos hace muchos años.


Néstor Braidot es Doctor en Ciencias, Máster en Psicobiología del Comportamiento y en Neurociencias Cognitivas

Más información:
www.braidot.com

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